“Relato de un chilango que vivó 10 años en Monterrey”, por Autor Anónimo.

Agosto 2010. Hoy dejo Monterrey después de 10 años de haber sido un invitado de esta tierra. Me voy con el corazón roto y con una tremenda nostalgia. Nunca podré olvidar a Monterrey. Me llevo a dos regios que nacieron aquí y que si yo tratara de olvidarme de Monterrey ellos no me lo permitirían.

Pero más allá de haber pasado los que hasta ahora han sido los mejores años de mi vida, muchas cosas suceden en esta tierra que te marca por siempre. Son muchas las cosas que hacen única a esta ciudad y que cuando las entiendes, se quedan tatuadas en el alma.Cuando pienso en las cosas que más me gustan de Monterrey la mayoría de las imágenes que vienen a la mente son territorios comunes. No encontré en 10 años nada diferente a las cosas que encuentra un turista de fin de semana: el acento, la franqueza, las montañas, la carne asada, la comida sencilla, la cerveza, un clima miserable cuando está haciendo frió y más miserable aún cuando hace calor, la amistad, el trabajo, el esfuerzo, la solidaridad de la gente. Todo eso es lo que para mi hace único e inolvidable a Monterrey y que sin duda es lo mismo que aprecia una persona a las 12 horas de haber llegado a la ciudad.

Me gusta pensar, sin embargo, que estos 10 años aquí me dieron una perspectiva un poco más profunda sobre las cosas. Sobre esas mismas cosas que todo mundo conoce sobre Monterrey pero que solo logran entender los que son de aquí o los que como yo, tuvimos la suerte de ser adoptados por esta ciudad y esta gente por un poco más de tiempo.

El trabajo. Sí, la gente de Monterrey es extraordinariamente jaladora. Han logrado construir una de las ciudades más pujantes de este país literalmente de la nada. Solamente con base en el trabajo recio, determinado. Le han arrancado a esta tierra todo lo que la tierra no quería dar. Aquí las cosas no abundan, se ganan con trabajo. Jalando. Esta ciudad se levantó una vez y dos y tres. Cada cierto número de años la ciudad se destruye y la vocación de trabajo y sacrificio de los regiomontanos se vuelve a poner a prueba. Los regios nunca han perdido, ni con Gilberto ni con Alex. Ni perderán con los que vengan. Orgullosos? Presumidos? Sin duda y con razón.

La solidaridad. Es sin duda lo que más me emocionó y enseñó de vivir en esta ciudad. Esta gente que a simple vista se distingue en clases y en jerarquías tienen la sorprenderte capacidad de abandonar los códigos postales, los títulos de las tarjetas de presentación y los colores de la piel para unirse sin recato cada vez que se necesita. Cuando la ciudad enfrenta una dificultad, y vaya que lo hace, la gente se arroja a las calles a ayudar, a sacar a la ciudad adelante. Se pierden los individualismos y los egoisimos y se da todo por el otro, sin conocerlo. La naturaleza le ha arrebatado todo a Monterrey muchas veces. La ha despojado de todo menos de su dignidad, orgullo y solidaridad.

Los amigos. Creo que la amistad aquí tiene una profundidad difícil de encontrar en otro lado. El sentido de solidaridad es tremendo. Tal vez sea porque sin la solidaridad de la gente nada de lo que hoy es Monterrey hubiera sucedido jamás. La proeza de haber erguido esta ciudad se pudo dar solamente basada en la colectividad. Esta no es una ciudad de individuos, es una ciudad de la gente que se ha unido en un solo esfuerzo. Nada me da má risa que cuando alguien le llama “compadre” a alguien sin serlo. Yo creo que el compadrazgo aquí, es cosa seria. Es una distinción que se gana y que se honra. Es una formalización de la extensión de la familia hacia un amigo que se distingue del resto de los amigos. Se hace compadre a unos cuantos y se les guarda por siempre. Mi mayor premio de estos años es el orgullo de llevarme tres compadrazgos. 10 años, decenas de amigos y solamente tres compadres.

La comida. Es comida sencilla, pocos platos, simples, sin sofisticación, sin adornos. No podía ser de otra forma. Es un recordatorio de lo que es esta gente. Comida sencilla, casi adictiva, que se lava mejor con una Carta. Platillos que recuerdan cada dia en la mesa la extraordinaria capacidad de los regiomontanos de hacer cosas excepcionales con muy poco. Yo no sé que voy a hacer sin una dosis al mes de chicharrón de la Ramos, sin unos frijoles con veneno, sin los tacos mañaneros, sin un atropellado del Botanero, sin una barbacoa de esa que no es de borrego, sin un lechón al ataúd, sin un ribeye a la sal, sin una riñonada del Gran San Carlos, sin una cabecita de cabrito de Las Palomas. Me llevo puestos 10 kilos de recuerdos de todas las mesas que comparti, de todas las amistades que alimenté en la mesa.

El lenguaje. Aquí se habla regiomontano. Hay veces que puede ser difícil entenderlo. Jale, soda, chaqueta, legajo, grapadora, zacate, azorrillado, carro, raza, tropo, vueltas, carrilla, cheve, chisquedo, curado… y mi favorita: con madre. Yo creo que hablan así propósito, para distinguirse de los que son de aquí y para que cuando salen de Monterrey, todo mundo sepa que de aquí son. Es una forma sutil de portar la bandera con orgullo. La forma de hablar no se puede imitar. Es mejor no tratar porque en el mejor de los casos terminas oyéndote artificial. Hablar así es un derecho que solo tienen los que son de aquí.

La carne asada. Me tarde muchos años en entender que la carne asada no se trata sobre la carne asada. La carne es solamente un pretexto para unir a la gente. La carne, en realidad, es lo de menos. Lo que importa es el ritual, la preparación de la carne solamente marca el ritmo de la reunión, del calor de la plática, de la cercanía. En la carne asada se resuelve todo. Es la resolución del día pesado, de las tristezas, de las alegrías. Es una metáfora de amistad, de honestidad, de sencillez. Qué emoción me daban las carnes asadas. En la noche. Sin prisa. Sin reloj. Sazonadas con sonrisas, con alegría.

Las montañas. Qué bonitas y qué útiles las montañas. Uno no se puede perder en Monterrey gracias a las montañas. Las hay verdes y áridas. Todas imponentes, todas majestuosas. Rodean a los regiomontanos como una demarcación de esta tierra única, poderosa. Son solemnes, casi nostálgicas. Un recordatorio permanente del lugar que ocupa Monterrey en el mapa y de los obstáculos que se han sobrepasado para construir la ciudad.

Hoy me voy triste porque la ciudad está siendo atacada y en medio de este ataque dejo a muchas de las personas que más he querido. Uno no puede dejar de preguntarse por qué a Monterrey y cuando lo piensas, la respuesta es muy sencilla. Porque los regios no se caen con nada. Porque son de los pocos pueblos capaces de soportar esto y sobreponerse. Porque esto, que mataría el ánimo y el espíritu de cualquier pueblo del mundo, aquí será una batalla ganada. La gente de Monterrey va a prevalecer como lo ha hecho siempre.

Autor Anónimo.

TRES SIETE SEIS

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